miércoles, 23 de abril de 2025

Un Encuentro Bajo las Estrellas


El sonido del agua corriendo en el grifo llenaba el pequeño baño de su apartamento. Celeste, con el cabello recogido en un desordenado moño, se miraba en el espejo mientras cepillaba sus dientes. Su reflejo mostraba una rutina aparentemente ordinaria, pero sus ojos contaban una historia distinta. Entre los movimientos mecánicos del cepillo, pequeños destellos de su pasado resurgían en su mente, como burbujas atrapadas en el océano.


Era apenas una niña, corriendo descalza por los resplandecientes pasillos de cristal del palacio de Neptuno. A su lado, siempre su hermana menor, Elena, con una risa que resonaba como campanas de agua. Juntas, solían jugar a perseguir la luz que se filtraba entre los muros líquidos del palacio, sintiendo que el universo entero les pertenecía.


—¡Te atrapé! —gritaba Elena, aferrándose a la mano de Celeste mientras ambas caían en un charco de risas.


Celeste cerró los ojos un momento, permitiendo que la nostalgia se apoderara de ella. El chorro del agua seguía corriendo. La imagen en su mente cambió, llevándola a un recuerdo más reciente: su padre sosteniendo una carta sellada con el símbolo del reino de Júpiter. La preocupación en su rostro era evidente.


—Celeste, esto no puede esperar. Una energía oscura se aproxima. Los guardianes deben reunirse lo antes posible y de ser así, tu compromiso se debe adelantar lo antes posible —le dijo en aquella ocasión, con una gravedad que nunca había escuchado antes en su voz.


Ella no había tenido tiempo de entender completamente lo que significaba ser una guardiana. Su entrenamiento apenas comenzaba. Todo lo que sabía era que el título llevaba consigo una responsabilidad abrumadora. Pero nunca logró cumplir ese destino. En su lugar, eligió algo que en su corazón supo que era más importante: escapar con Elena, protegerla de un futuro que parecía demasiado incierto.


El sonido de la ducha encendiéndose en el cuarto de al lado la trajo de vuelta al presente. Terminó de cepillarse los dientes, apagó el grifo y se miró nuevamente en el espejo. Ahora vivían en la Tierra, y su vida era... común. O al menos eso intentaba proyectar.


---


En la cocina, Elena, ahora una adolescente de 16 años, estaba sentada en la mesa, mordiendo un trozo de tostada mientras revisaba algo en su teléfono.


—Hoy tengo una presentación de ciencias —dijo Elena sin apartar la mirada de la pantalla—. Es sobre los planetas del sistema solar. Obviamente, no pude evitar pensar en... ya sabes.


Celeste sonrió con ternura mientras se servía un café. 


—Solo recuerda que aquí nadie puede saber de dónde venimos, Elena. Es importante.


—Lo sé, lo sé —respondió Elena, rodando los ojos con dramatismo pero con una sonrisa al final. Había algo en verla llevar una vida normal que calmaba los constantes temores de Celeste. Todo lo que quería era darle a Elena una infancia que se sintiera real, aunque estuviera lejos de serlo.


Celeste miró el reloj de la pared. Era casi hora de salir para su trabajo. Como contadora en una oficina local, su vida en la Tierra estaba lejos del glamour y la responsabilidad de Neptuno. Sin embargo, ese anonimato era lo que les permitía mantenerse a salvo.


Antes de salir por la puerta, Elena se detuvo un momento, mirando a Celeste con curiosidad.

—¿Crees que alguna vez volveremos? ¿A casa?

La pregunta era sencilla, pero su respuesta no lo era. Celeste sostuvo la taza de café entre sus manos, dejando que el calor se filtrara en sus palmas.

—No lo sé, Elena. Ahora mismo, esto es nuestro hogar, y mientras estemos juntas, eso es lo único que importa.

Elena sonrió, asintiendo suavemente. 

—Nos vemos después, Cel —dijo antes de tomar su mochila y salir.

Celeste se quedó sola en el apartamento por unos minutos, mirando por la ventana cómo los primeros rayos de sol iluminaban los tejados de la ciudad. No sabía qué le deparaba el futuro ni si la energía oscura que su padre había mencionado un día regresaría. Pero en ese momento, lo único que deseaba era una vida tranquila y próspera junto a Elena, una donde pudieran ser algo más que dos exiliadas del cosmos.

Suspiró, dejando la taza en el fregadero, y se preparó para enfrentar otro día en la Tierra.

 - - - 

El metro de la ciudad era un mundo en sí mismo, con sus luces intermitentes, el crujir de los vagones y la mezcla de conversaciones que creaban un murmullo constante. Celeste, sentada junto a la ventana, observaba cómo la ciudad pasaba rápido a través de los vidrios empañados. Tenía su bolso en el regazo y un café medio terminado en la mano, preparándose mentalmente para otro día en las oficinas. Pero su rutina se interrumpió cuando su teléfono vibró.  


Celeste desbloqueó la pantalla, encontrando un mensaje de texto de Sky 


*"Cel, este sábado será mágico. Va a pasar un cometa y habrá una fiesta en el centro para verlo. ¿Qué tal si vamos los tres? Tú, Elena y yo."*


Una sonrisa ligera apareció en su rostro. Sky había sido el primer amigo que hizo al llegar a la Tierra. Aquella noche en que no tenía nada más que ofrecerle a su hermana menor, Elena, que la calidez de un abrazo y las palabras de consuelo, fue él quien la encontró. Venía de la escuela, con su mochila al hombro y una barra de pan bajo el brazo.  


—¿Están bien? —les había preguntado entonces, mirándolas con preocupación y una amabilidad que Celeste no había visto en los ojos de nadie más desde que llegó a este planeta.  


Desde ese momento, Sky se convirtió en su salvador. Les llevaba comida cada día que pasaba por el callejón donde solían dormir, hasta que finalmente les ofreció algo más. Su padre, dueño de una pequeña empresa local, le dio un trabajo a Celeste como contadora y ayudó a inscribir a Elena en una escuela. Era un comienzo. Desde entonces, Sky y Celeste se habían convertido en mejores amigos, su apoyo mutuo creciendo como una luz constante en medio de la incertidumbre.


Celeste contestó el mensaje:  

*"No sé, Sky... Pero Elena seguro dirá que sí. Aunque promete que no será muy tarde debo estudiar para el examen de admisión para la universidad. Por cierto gracias por siempre pensar en nosotras."*  


Mientras escribía, su corazón comenzó a latir más rápido, pero no por la emoción de la fiesta. Era esa sensación familiar de peligro. Taquicardia, piel fría... Algo no estaba bien.  


No era la primera vez que Celeste sentía esto. Una inquietud que parecía surgir de la nada, como si un fragmento olvidado de Neptuno le advirtiera que algo estaba mal. Miró alrededor, tratando de calmarse. A pesar de las caras familiares de los pasajeros, algo se sentía fuera de lugar.  


Al llegar a la próxima estación, Celeste tomó su bolso y se levantó. Decidió salir del vagón, no quería quedarse atrapada en un espacio cerrado si la sensación empeoraba. Bajó con pasos firmes pero cautelosos, observando a las personas que pasaban a su alrededor, sus rostros normales, sus movimientos rutinarios. Y entonces, lo vio.  


Un hombre alto, de cabello gris oscuro y hombros rectos, se encontraba parado cerca de una columna, mirando a todos los que caminaban cerca de él con una expresión impasible. Pero lo que realmente llamó la atención de Celeste fue algo que no podía explicarse: una aura distinta, una presencia que parecía desconectada de todo. El hombre no tenía el flujo energético típico de un humano. Su manera de respirar era irregular, su postura demasiado rígida. Había algo innegablemente alienígena en él.  


Celeste se detuvo, sin apartar la mirada. No sabía si él también la había notado, pero no podía arriesgarse. El hecho de que ahora estuviera tan convencida de que seres de otros planetas vivían entre los humanos la hacía sentir vulnerable. Ya no estaba en las calles como una exiliada desconocida; su vida estaba establecida en un nivel de normalidad que necesitaba proteger, sobre todo por Elena.


Con cuidado, Celeste se dio la vuelta, caminando hacia la salida. Necesitaba mantener su distancia y, sobre todo, no llamar la atención. En ese instante, su teléfono vibró nuevamente.  


*"No te preocupes, Cel. Será una noche tranquila. Lo prometo."* —había escrito Sky.  


Celeste respiró hondo, dejando que las palabras de su amigo la tranquilizaran ligeramente. Pero en el fondo, sabía que no podía ignorar esa sensación. Su conexión con Neptuno, aunque debilitada, parecía advertirle algo. Si seres de otros planetas ya estaban aquí, ¿qué significaba eso para su futuro y el de su hermana?


---mientras tanto en saturno ---

La joven Saturno se preparaba para su viaje. Desde su planeta, había estado practicando un truco que había descubierto por accidente. Con un impulso de su energía, una vibración poderosa que parecía provenir de las mismas estrellas, Saturno había aprendido a lanzarse hacia objetos en el espacio que orbitaban cerca. El satélite que había estado estudiando durante semanas era el punto clave de su experimento.


Concentrándose, Saturno reunió toda su energía, dejando que su cuerpo se envolviera en un brillo suave. Sus pies apenas tocaban el suelo cuando la fuerza la impulsó hacia el satélite con precisión. Las semanas de práctica habían dado frutos, y ahora el satélite la acercaba a su destino, el planeta Tierra. 


Cuando descendió, por el cielo sobre el centro de la ciudad, las estrellas iluminaba el horizonte, las luces y sonidos de la fiesta del cometa la atrajeron como un faro. Saturno caminó entre la multitud, observando con fascinación cada detalle. La alegría de la gente, los puestos de comida, los collares y recuerdos brillantes... Todo era un mundo nuevo para ella.


Una mujer mayor, al verla caminar con su apariencia desalineado, detuvo su actividad en uno de los puestos y la llamó.


—Ven, niña —dijo, con una sonrisa amable—. Debes estar cansada. Toma, prueba esto. —Le ofreció una manzana acaramelada, cuyo aroma dulce era irresistible.


Saturno aceptó el regalo con gratitud, casi sin palabras. Por un momento, sintió algo que nunca había experimentado: la calidez de un gesto desinteresado. Sostuvo la manzana entre sus manos mientras seguía caminando por el parque cercano, dejándose llevar por las luces, las voces y la atmósfera única de la noche


---


El sábado llegó con el aire fresco de primavera tocando las ventanas del departamento de Celeste y Elena. Sky estaba parado en la puerta, sosteniendo una bolsa de papas fritas y dos botellas de agua.


—¡¿Están listas para ver el cometa más épico del siglo?! —preguntó con entusiasmo, entrando sin esperar respuesta.


Elena, sentada en el sofá mientras arreglaba sus zapatos, rió.


—La verdad, la escuela me parece lo más aburrido del universo —dijo, atando los cordones—. Aunque claro, soy la mejor de la clase cuando se trata de estudiar el universo. Eso no es aburrido, es puro talento.


—Modesta como siempre —respondió Sky, entregándole una de las botellas. Celeste apareció desde el pasillo, poniéndose una chaqueta ligera.


—Solo recuerden que volvemos temprano. Elena tiene que estudiar para una exposición y yo tengo el examen de ingreso a la universidad —dijo, señalándolos con la mirada firme de una hermana mayor.


—¡Sí, señora contadora y futura universitaria! —bromeó Sky, haciendo una pequeña reverencia mientras Elena reía.


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La fiesta en el centro de la ciudad era vibrante. Puestos decorados con luces brillantes imitaban los destellos del cometa que pronto cruzaría el cielo. Familias, amigos y parejas se movían entre los vendedores de comida callejera, probando todo tipo de antojitos, desde churros calientes hasta manzanas acarameladas. Las tiendas exhibían adornos del cometa, desde pequeños colgantes hasta grandes figuras hechas de cartón brillante.


Sky se detuvo frente a un vendedor de collares.


—¿Y si compramos algo para recordar esta noche? —preguntó, tomando un collar en forma de estrella.


—Es bonito —respondió Celeste, mientras Elena señalaba emocionada un cartel de una oferta de comida. —¿Churros al 2x1? Esto es prioridad —dijo Elena, jalando a Sky hacia el puesto.


Mientras sus amigos disfrutaban de la comida y las luces, Celeste comenzó a sentir algo. Una energía distinta, no como la del metro días atrás. Esta sensación era diferente: no amenazante, pero familiar en un sentido extraño. Sus ojos comenzaron a recorrer la multitud, buscando el origen de esa vibración.


Entonces la vio,  una joven de piel blanca y cabello largo y negro caminaba entre la gente. Parecía distraída, emocionada pero perdida, como si estuviera viendo todo por primera vez. Vestía un camisón que parecía una pijama y no llevaba zapatos. Celeste frunció el ceño, intrigada.


—Creo que acabo de ver a un compañero del trabajo —le dijo a Sky rápidamente, y antes de que pudiera contestar, Celeste se alejó entre la multitud siguiendo a la joven.


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La siguió hasta un pequeño parque al lado de la plaza, donde el bullicio de la fiesta comenzaba a desvanecerse. La joven estaba sentada en una banca, comiendo una manzana acaramelada. Celeste se acercó con pasos cuidadosos, aún sintiendo esa energía poderosa alrededor de ella.


—Hola —dijo Celeste, tratando de que su voz sonara tranquila.


Saturno levantó la mirada, su expresión mostrando una mezcla de curiosidad y recelo.


—¿Quién eres? —preguntó con un tono cauteloso.


—Soy Celeste —respondió ella—. Te vi y me pareciste algo perdida. ¿Estás bien?  


Saturno dudó. Sus ojos bajaron hacia la manzana en sus manos, como buscando una respuesta. Finalmente, habló.


—Supongo que sí. Solo quería ver las luces... Son bonitas —dijo, tímidamente.


Celeste se sentó junto a ella, dejando un espacio respetuoso.  


—Las luces son hermosas —respondió Celeste, sonriendo—. Este cometa es único. Deberías quedarte a verlo. Es algo especial.


Saturno la miró, pero no respondió de inmediato. En cambio, mordió su manzana con cuidado, como si estuviera probando más que el dulce.


—Yo no debería estar aquí —confesó Saturno tras un momento de silencio. Su voz tembló ligeramente—. Me escapé.


—Todos necesitamos un respiro a veces —dijo Celeste con suavidad—. Pero no debes sentir miedo. Estás entre personas amigables.


Saturno dudó, pero había algo en Celeste que la hacía sentir segura.  


—Saturno. Así me llamo —dijo finalmente.


—Es un nombre hermoso. —Celeste le ofreció una sonrisa cálida—. ¿Vives cerca?


Saturno negó con la cabeza, su mirada bajando hacia sus pies descalzos.


—No. No vivo aquí. En mi plane... —Se detuvo abruptamente, corrigiéndose rápidamente—. Bueno, de donde vengo, no hacemos estas cosas. Pero vi las luces y quise ver qué era.


La mención de otro planeta hizo que el corazón de Celeste se acelerara. Esa energía familiar ya no era un misterio. Saturno era como ella. Pero en lugar de revelarle esto, decidió mantenerlo en secreto por el momento.


Celeste observó el brillo en sus ojos. Era más que simple curiosidad. Era una añoranza, un deseo de pertenecer.


—Bueno, ¿quieres venir conmigo? Mi hermana y mi amigo están aquí. Sería bonito pasar esta noche juntos. Y te prometo que las manzanas no son lo único delicioso —dijo Celeste con un guiño.


Saturno sonrió, pero su expresión rápidamente se ensombreció.


—No puedo quedarme mucho. No tengo permiso de salir tanto. Debo regresar. Pero las luces... Quería verlas.


Celeste comprendió, sintiendo su propia historia reflejada en la de Saturno. Sacó su tarjeta de presentación del bolso y se la entregó.


—Cuando regreses, búscame. Aquí tienes una nueva amiga. Si alguna vez necesitas ayuda, estaré aquí.


Saturno tomó la tarjeta, mirándola como si fuera un tesoro.


—Gracias —dijo, con un tono que era casi un susurro.


En ese momento, Elena y Sky aparecieron detrás de Celeste, llamándola.


—¡Celeste! ¡Te perdiste los elotes! —gritó Elena con la voz alegre.


Celeste se giró hacia ellos, sonriendo.


—Les voy a presentar a alguien —dijo, pero cuando volvió a mirar la banca, Saturno ya no estaba.


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Mientras caminaba de vuelta hacia el satélite que la llevaría de regreso, Saturno sostuvo la tarjeta de Celeste entre sus manos. Caminaba rápidamente por las calles solitarias, pensando en la amabilidad de Celeste. En su planeta, Zazel, siempre le había advertido que no dejara que otros supieran de dónde venía. Que siempre se ocultara, que no confiara en otros seres. Pero esta vez, se preguntaba si Zazel realmente entendía lo cálido que podía ser un gesto amable como el de Celeste. Saturno regresó a su mundo, pero su mente estaba llena de pensamientos, tal vez la calidez de las luces de la Tierra, y de la sonrisa de Celeste, era un mensaje que no debía ignorar


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Cartas desde Saturno

En alguna parte de Saturno, donde los anillos resplandecen como las joyas de un universo infinito, vive sola la joven Saturno. Desde que tiene memoria, su hogar ha sido un paisaje de colores dorados y fríos azules, un lugar donde el viento no sopla, pero las partículas de hielo bailan suspendidas entre las sombras.  


Saturno pasa las noches observando la Tierra desde su rincón celeste. En la distancia, ese pequeño punto azul brilla con un misterio que ella nunca puede desentrañar por completo. A veces, cuando Saturno se oculta tras su anillo más ancho, ella toma un pequeño cohete y baja a la Tierra para contemplar de cerca lo que solo ha leído en libros o visto en las ondas de luz capturadas "amor".  


Lo más extraño que Saturno ha encontrado es la paradoja del amor humano. Ve promesas eternas hechas junto a las luces titilantes de las ciudades, pero también observa lágrimas solitarias que caen como meteoros hacia la nada. Para ella, el romanticismo de las parejas bailando bajo la luna o compartiendo miradas sinceras es como un cometa: fugaz, pero tan brillante que llena todo su ser de un anhelo inexplicable.  


Por eso, en su rincón helado de Saturno, escribe cartas. Esas cartas son deseos, plegarias, sueños hechos palabras. La más reciente comenzaba así:  


"Querido universo, aunque mi hogar está envuelto en el silencio de las estrellas, sueño con un amor tan eterno como los anillos de Saturno. Quiero encontrar a alguien que note los detalles de mi alma, como el lunar que adorna mi ojo derecho o las pecas que navegan por mi piel como diminutas galaxias. Que se dé cuenta de cómo mis ojos se encienden en cada sonrisa y de que, aunque mis pies siempre están helados, mi corazón late con el calor de mil soles.

A veces bajo a la Tierra y veo esas escenas que me llenan de esperanza, manos que se buscan, miradas que se funden. Pero también me aterra que el amor pueda herir, como lo he visto en algunos humanos. No entiendo cómo algo tan hermoso puede convertirse en una sombra que devora todo a su paso.

¿Hay alguien allá fuera, en algún lugar del cosmos, que lea estas palabras? Aquí dejo mi carta, lanzada al universo como una estrella fugaz. No sé si alcanzará otro planeta, otra galaxia, o incluso el borde de un corazón solitario, pero espero que la gravedad del destino haga su magia."


Así, Saturno, con manos temblorosas, lanza su carta al espacio. El viento solar la recoge, llevándola más allá de los anillos de su planeta hogar, hasta perderse entre las infinitas estrellas. Allí, en la oscuridad del cosmos, espera que alguien, en algún rincón del universo responda a su llamado. Porque aunque esté sola en Saturno, ella cree que las conexiones más profundas pueden desafiar incluso la distancia de los años luz.   

Janet suhh - in silence

miércoles, 16 de abril de 2025

Zâzêl


El demonio más oscuro de Saturno

Hace eones, mucho antes de que el tiempo marcara el destino de los mortales, los dioses del Olimpo se reunieron para contemplar un problema eterno: ¿qué hacer con las almas errantes que inundaban los rincones del cosmos, incapaces de encontrar descanso? Zeus, soberano de los cielos, vio la necesidad de crear un guardián que mantuviera el equilibrio, alguien que pudiera recolectar las almas y guiarlas hacia su destino final. Así, con la ayuda de Hades, quien gobernaba las sombras del inframundo, y Cronos, el titán del tiempo, nació Zazel.


Zazel surgió de una mezcla de luz y oscuridad eterna, una figura alta y majestuosa envuelta en una túnica negra que absorbía la luz de las estrellas más brillantes. Su voz, grave y calmada, resonaba como un eco en los anillos de Saturno, el planeta que se convertiría en su dominio. Solo su mano izquierda, pálida y firme, quedaba al descubierto, empuñando una guadaña de obsidiana, un símbolo de su rol como recolector de almas.


El propósito de Zazel era doble: guiar a las almas al descanso eterno en el "Mar de Almas", un vasto océano místico que se extendía en la órbita de Saturno, o condenarlas a vagar sin rumbo si eran incapaces de abandonar su apego a lo mundano. Saturno, con sus anillos dorados y su imponente presencia, se convirtió en el eje central de su labor, un lugar sagrado para la transición de las almas.


Aunque su tarea era sombría, Zazel no era cruel. Su calma reflejaba una empatía que los mortales nunca podrían comprender. Cada alma con la que trataba se enfrentaba a su juicio, pero también encontraba en él una guía paciente y equilibrada. En sus milenios de servicio, ha sido testigo de infinitas historias humanas: héroes, traidores, amantes y soñadores, todos se han enfrentado a su mirada velada.


Un día, mientras Zazel contemplaba el paisaje etéreo de Saturno, un sonido inaudito en su tranquilo dominio captó su atención. Era un llanto agudo, desgarrador, que venía de algún rincón distante del planeta. Intrigado, comenzó a caminar, cada paso creando ondas suaves en el polvo de estrellas. El llanto lo llevó a una escena inesperada: una pequeña niña, con cabello negro como el abismo mismo y piel tan pálida como la nieve, estaba acurrucada en el suelo. Vestía un camisón de pijama sucio, y en sus brazos y rodillas se veían rastros de polvo y rasguños. Sus mejillas, rojas por el llanto, reflejaban una profunda desesperación.


Conmovido, Zazel se acercó con cautela, sus movimientos medidos por la incertidumbre. Jamás había interactuado con un ser así. La niña, al sentir su presencia, levantó la vista. Él pensó que se asustaría ante su imponente figura, pero para su sorpresa, la niña corrió hacia él y lo abrazó. El impacto del gesto, lleno de una calidez que nunca había sentido, lo dejó inmóvil. Las lágrimas de la niña empaparon la tela de su túnica, y Zazel se quedó contemplando cómo podría consolarla.


Recordó entonces una escena observada en sus viajes a la Tierra. Había visto a niños reír y jugar detrás de mariposas que, con sus alas iridiscentes, parecían capturar la esencia misma de la alegría. Inspirado, extendió su mano, y del polvo de estrellas que rodeaba Saturno formó una mariposa azul. La mariposa no era azul por casualidad; Zazel, como manifestación de la muerte, sabía que el azul evocaba calma, como el cielo en paz o los océanos serenos.


La mariposa revoloteó y se posó suavemente en la nariz de la niña, deteniendo su llanto por un momento. La pequeña la miró, fascinada, y aunque las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, un leve atisbo de calma comenzó a florecer en su expresión. La mariposa alzó el vuelo, danzando sobre la cabeza de la niña, quien la siguió con la mirada mientras Zazel, en su tono sereno, rompió el silencio 


—¿Cuál es tu nombre, niña?

Ella lo miró, todavía con lágrimas en los ojos, y negó con la cabeza.  

—¿De dónde vienes? ¿Cómo llegaste aquí? —volvió a preguntar, pero la respuesta fue la misma.


Zazel se quedó pensativo. Había un misterio que resolver: el origen de esta niña, su presencia en Saturno, las marcas en su piel. Pero una cosa era clara: debía cuidarla. Así comenzó una relación inesperada y única.


En los años siguientes, Zazel enseñó a la niña a sobrevivir en Saturno. Le mostró cómo cultivar plantas luminosas, que proporcionaban calor y alimento. Le construyó una cama a partir de un meteorito, tallándola con precisión para que fuera cómoda. A pesar de sus ocupaciones como recolector de almas, siempre encontraba tiempo para estar con ella.


Cuando la niña creció lo suficiente como para valerse por sí misma, Zazel emprendió un viaje por el cosmos en busca de respuestas sobre su origen. Sin embargo, no la dejó completamente sola. Al estar conectado intrínsecamente con Saturno, podía transmitir su voz a través de las partículas del planeta, permitiendo que la niña escuchara sus palabras como un eco cálido en el viento. Aunque no estaba físicamente allí, su presencia seguía siendo reconfortante, como una sombra protectora que jamás se desvanecía.


Se dice que las tormentas en Saturno son sus suspiros, el rugido de los vientos sus advertencias, y las luces que brillan en el Mar de Almas son su invitación al descanso. Para los dioses del Olimpo, Zazel se había convertido en un símbolo de la inevitabilidad y la transición, una manifestación universal de la muerte que mantiene el equilibrio cósmico, pero la pequeña niña había despertado en él una chispa de vida y propósito más allá de su rol divino.


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domingo, 13 de abril de 2025

Ecos de Marte

Margaret es una joven de cabello largo, liso y rojo intenso, con reflejos como llamas cuando la luz lo toca, sus ojos azules ardían como llamas de fuego celestial, iluminando el alma con un resplandor etéreo y misterioso y su piel blanca y suave, con un tono ligeramente pálido debido a la falta de exposición al sol. Ella enfrenta desafíos que no solo son propios de un ser humano, sino que también reflejan la lucha de un alma marcada por el cosmos. Como hija única, se ha convertido en la principal cuidadora de su madre enferma, esforzándose por equilibrar sus estudios y un trabajo secreto. La constante necesidad de proteger a su madre la ha llevado a ocultar los aspectos más duros de su vida, incluyendo los problemas que enfrenta en la escuela, donde es frecuentemente acosada por sus compañeros.


El despertador sonó a las 5:30 de la mañana, pero Margaret ya estaba despierta. Apenas había dormido tres horas, pero el peso de sus responsabilidades no le permitía quedarse en la cama. Se levantó con cuidado para no hacer ruido y caminó hacia la cocina. Ahí, sobre la mesa, estaba la lista de medicamentos de su madre.


-Margaret… ¿ya estás despierta?- La voz de su madre, apenas audible, llegó desde el pequeño sofá que hacía veces de su cama.

-Sí, mamá. Solo estoy preparando tus pastillas. Vuelve a dormir, todavía es temprano- respondió Margaret, con una sonrisa suave mientras llenaba un vaso con agua.

-Te ves cansada, hija. ¿Dormiste algo anoche?- preguntó su madre con un hilo de preocupación.

-Dormí lo suficiente - mintió Margaret, entregándole las pastillas y el agua. -Termina de tomar esto mientras me alisto para la escuela. 


Después de asegurarse de que su madre tomara sus medicamentos, Margaret se vistió rápidamente y salió de casa. Las clases comenzaban a las 7:00, y el trayecto hasta la escuela era largo. Durante las lecciones, luchaba contra el sueño, pero nunca permitía que eso afectara su rendimiento. Los profesores la conocían como una estudiante aplicada, aunque notaban su agotamiento. Sin embargo, nunca se quejaba.


El reloj marcaba las 3:15 cuando sonó la campana de la última clase. Margaret rápidamente guardó sus libros en su mochila, el sonido de las risas del pasillo eran para Margaret como cuchillos. Caminaba con la cabeza baja, sosteniendo algunos libros contra el pecho, intentando pasar desapercibida. Sabía que no podía evitarlo por mucho tiempo; siempre encontraban una forma de hacerla sentir pequeña.


- ¡Eh, pelirroja! - La voz de Sofía, la líder del grupo, resonó detrás de ella. Margaret apretó los labios y siguió caminando, pero los pasos apresurados de Sofía y sus amigas la alcanzaron.

- ¿No saludas? Qué grosera - dijo Sofía, fingiendo indignación mientras se cruzaba en su camino. Su cabello rubio perfectamente peinado y su uniforme impecable contrastaban con la sencillez de Margaret.

- No tengo tiempo, Sofía - respondió Margaret con voz tranquila, intentando esquivarla.

- ¿Tiempo? ¿Para qué? ¿Para cuidar a tu mamá enferma? Qué triste. - dijo Sofía con una sonrisa cruel, provocando risas entre sus amigas.


Margaret sintió el calor subir a su rostro, pero no respondió. Sabía que cualquier palabra solo empeoraría las cosas. Intentó avanzar, pero Sofía extendió un pie, haciéndola tropezar. Margaret logró recuperar el equilibrio, pero las risas se intensificaron.


- ¿Sabes qué? Creo que necesitas aprender a respetar - dijo Sofía, y antes de que Margaret pudiera reaccionar, sintió un empujón fuerte en su espalda. El mundo se volvió borroso mientras caía por las escaleras, los libros volando de sus manos.


El impacto fue duro, pero Margaret se levantó lentamente, ignorando el dolor en su brazo y pierna. Las lágrimas amenazaban con salir, pero se las tragó. No les daría el gusto de verla llorar.


- Ups, qué torpe eres - dijo Sofía desde arriba, fingiendo inocencia. - Espero que estés bien. 


Margaret recogió sus libros sin decir una palabra y se alejó cojeando. Sabía que no podía hacer nada; Sofía era la sobrina del subdirector, y cualquier intento de denunciarla sería inútil. Ya lo había intentado antes, y solo había empeorado las cosas.


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Sus pasos eran rápidos y mecánicos, guiados por la urgencia de llegar a su trabajo. La cafetería en la esquina de la calle principal era su lugar de refugio, aunque también el escenario de largas horas de esfuerzo físico y un cansancio perpetuo.


Al llegar, se colocó el delantal y ajustó su coleta alta. El lugar estaba relativamente tranquilo, con algunos clientes leyendo o trabajando en sus computadoras. Margaret tomó una bandeja y comenzó a recoger las tazas vacías de las mesas. Aunque su cuerpo dolía por la caída en la escuela, se obligaba a seguir.


- Margaret, hay una nueva clienta en la barra, - dijo Clara, su compañera, señalando hacia el mostrador. Margaret asintió y se dirigió al lugar indicado.


Sentada en una esquina estaba una joven universitaria. Su cabello era color vino y caía en ondas sobre sus hombros, y unos lentes rectangulares enmarcaban sus ojos atentos. Parecía absorta en su laptop, pero cuando Margaret se acercó, levantó la mirada con una sonrisa amable.


- Un café con leche y un muffin de arándanos, por favor, - pidió con voz serena.


Margaret preparó el café con precisión, colocando el muffin junto a la taza. Mientras lo hacía, sintió la mirada de la joven fija en su rostro. Cuando entregó el pedido, la clienta ladeó ligeramente la cabeza, como si estuviera analizando algo.


- ¿Te golpeaste? - preguntó de pronto, señalando el moretón en el pómulo de Margaret.


La pregunta cayó como una piedra en el estómago de Margaret. Instintivamente llevó una mano a su rostro, tocando el área sensible. - No, solo me caí en las escaleras, - respondió con rapidez, evitando el contacto visual.


Celeste, la clienta, observó a Margaret por un momento más. Era evidente que no creía la respuesta, pero no insistió. En lugar de ello, tomó el café y dio un sorbo, antes de añadir: - A veces, las caídas son inevitables, pero lo importante es cómo te levantas después de ellas.


Margaret se quedó en silencio, sintiendo que esas palabras tenían más peso del que parecían. Por alguna razón, el tono de Celeste era reconfortante, casi como si entendiera más de lo que dejaba ver.


Antes de retirarse, Celeste dejó un billete bajo la taza, mucho más de lo que costaba el café y el muffin. - Cuídate, ¿sí? - dijo con una sonrisa genuina antes de salir de la cafetería.


Margaret tomó el billete y lo guardó en la caja, pero no pudo evitar quedarse pensando en lo que Celeste había dicho. No era la primera vez que alguien le daba consejos, pero había algo diferente en esa joven universitaria, algo que dejaba una sensación de calma, como si por un momento, el peso de su mundo hubiera sido un poco más ligero.


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El turno de Margaret terminó a las 9:00 p.m., y mientras se quitaba el delantal, Clara le entregó su paga en efectivo. Fue un pequeño alivio sentir los billetes en sus manos; aunque ya estaban destinados a cubrir necesidades, hoy tenía un propósito especial para ellos.


Antes de dirigirse a casa, pasó por la pastelería de la esquina. Observó la vitrina repleta de dulces y pasteles, eligiendo dos pequeños pastelitos decorados con crema y una cereza. Mientras esperaba su turno para pagar, su mirada se desvió hacia una tienda cercana. En el escaparate, unas pantuflas acolchadas de color lila parecían llamarla. Recordó las viejas pantuflas de su madre, gastadas y con la suela casi despegada, y sin pensarlo dos veces, entró a la tienda.


Una vez dentro, el aroma a tela nueva le hizo detenerse. Miró las pantuflas, luego bajó la vista a sus propios tenis, desgastados y con los cordones deshilachados. Suspiró. - “Tal vez la próxima” - murmuró para sí misma, tomando las pantuflas y dirigiéndose a la caja. Había algo más importante hoy.


Cuando llegó a casa, el olor a medicamentos y el silencio habitual la recibieron. Su madre estaba recostada en el sofá, medio dormida, pero Margaret la despertó suavemente con un toque en el hombro.


- Feliz cumpleaños, mamá,- dijo con una sonrisa que iluminaba el pequeño apartamento. Sosteniendo la bandeja con los pastelitos y dos tazas de chocolate caliente, colocó la bandeja frente a su madre.


- Oh, Margaret… no tenías que hacer nada,- respondió su madre con los ojos brillantes, aunque el cansancio seguía presente en su rostro. Su mirada se detuvo en el rostro de Margaret, específicamente en el moretón de su pómulo. - ¿Qué te pasó? Eso se ve mal.


- Fue un accidente en el trabajo,- dijo Margaret rápidamente, restándole importancia. - No es nada, mamá, solo soy torpe a veces.


Antes de que su madre pudiera insistir, Margaret sacó una pequeña bolsa de papel y se la entregó. - Es para ti,- dijo tímidamente.


Su madre abrió la bolsa con cuidado, revelando las pantuflas lilas. Sus manos temblaron al sacarlas, y una sonrisa cálida apareció en su rostro. - Son hermosas, Margaret. Pero no debiste gastar tu dinero en mí.


- Claro que sí, mamá,- dijo Margaret, acomodándose junto a ella. - Las necesitas más que yo. Además, verte feliz es lo único que importa.


Margaret encendía una vela improvisada en uno de los pastelitos. Cantó las mañanitas con una voz baja pero alegre, y su madre, conmovida, cerró los ojos un momento mientras escuchaba.


La luz de la vela danzaba suavemente sobre los rostros de Margaret y su madre, llenando el pequeño apartamento de un calor que no provenía solo del chocolate caliente. Después de compartir los pastelitos y las sonrisas, la madre de Margaret miró las pantuflas lilas con un toque de tristeza en los ojos


- Gracias, hija,- susurró su madre, tomando la mano de Margaret. - Se que haces más de lo que deberías por mí, siento tanto que tengas que hacer todo esto - dijo en voz baja, bajando la mirada hacia sus manos.

- Yo debería ser la que te cuida, no al revés. Deberías estar saliendo con amigos, disfrutando tu edad, comprándote cosas para ti misma, no... no sacrificándote por mí.


Margaret dejó la taza que sostenía y se acercó, tomando las manos de su madre entre las suyas. - Mamá, no hay nada que disculpar, - dijo con suavidad, pero con una firmeza que resonó en el silencio del apartamento.


- Pero mira lo que te hice pasar…- añadio su madre, las lágrimas amenazando con brotar. - Recuerdo cuando perdimos la casa por el incendio. Tú llorabas sola, buscando a tu padre, llamándolo desesperada… Yo no sabía cómo consolarte. Fueron años tan duros, y yo… apenas podía mantenerme de pie mientras trabajaba doble turno solo para que tuvieras algo para comer. No fue justo para ti.


Margaret la interrumpió, moviendo su cabeza lentamente en señal de desacuerdo. - Mamá, no fue fácil, pero si hay algo que aprendí en esos días es que tú nunca te rendiste. Aunque estuvieras agotada, siempre estabas ahí. Me enseñaste a seguir adelante, incluso cuando parecía que todo se había perdido.


Sus ojos brillaban con una calidez que su madre no había visto en mucho tiempo. - Y ahora, yo quiero hacer lo mismo por ti. Esto—trabajar, estudiar, cuidarte—no es un sacrificio. Es mi forma de devolverte todo lo que tú hiciste por mí. Estoy feliz de poder cuidarte, mamá.


Las palabras de Margaret parecieron envolver a su madre como un abrazo invisible. Incapaz de contenerse, dejó que una lágrima rodara por su mejilla, esta vez no por tristeza, sino por gratitud. Margaret la secó con cuidado antes de añadir con una sonrisa tranquila

- Pero para que yo pueda seguir haciendo esto, necesito que cuides de tu salud. Porque algún día, quiero que vayamos juntas a la playa de vacaciones. Quiero verte disfrutando del mar. ¿Me lo prometes?

Su madre asintió, sonriendo a través de las lágrimas. - Te lo prometo, hija.

Margaret la abrazó suavemente, sintiendo que, aunque la vida aún era difícil, este momento era un pequeño triunfo en medio de la adversidad.


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Maëlle - L'effet de masse

miércoles, 9 de abril de 2025

En el resplandor dorado de Venus


Donde los vientos cálidos envuelven las llanuras ondulantes de lava y las nubes de ácido sulfúrico enmascaran un mundo vibrante, vive **Astra** es la encarnación viva de los ideales de Venus su presencia refleja la perfección estética y la elegancia que definen a su planeta natal. Su cabello es largo y dorado, cae en suaves cascadas. 


Sus ojos se ven muy bien por largas y oscuras pestañas, sus ojos son la ventana a su alma.  

Su piel es de un tono perlado con matices cálidos, sus labios, suaves y rosados, parecen esculpidos con la delicadeza de las flores legendarias que, según los mitos, florecen en los jardines de Venus.  


Astra tiene una figura esbelta y elegante, con una postura que transmite confianza, pero también una gracia innata. Cada uno de sus movimientos parece parte de una coreografía, como si caminara al ritmo de una melodía que solo ella puede escuchar. En su atuendo, suele llevar túnicas livianas de tonos blancos, dorados y rosados, confeccionadas con tejidos que brillan sutilmente, como si reflejaran las nubes de ácido sulfúrico que envuelven su planeta.  


El accesorio más distintivo de Astra es un brazalete antiguo que heredó de su abuela, la primera guardiana de Venus. Forjado con un metal único extraído de las profundidades del planeta, el brazalete irradia una luz tenue y tiene grabados intrincados que parecen brillar con vida propia, conectándola con la esencia de su planeta y con el legado que está destinada a proteger.


Desde niña, **Astra enfrentó problemas con su apariencia**, pues su familia real, y especialmente su padre, **Regulus**, le inculcaron que su perfección era el estándar absoluto que debía alcanzar. Como el planeta Venus está asociado al amor y la belleza, estos valores son considerados esenciales para el reino, pero Regulus, cegado por su ambición política, había olvidado la verdadera importancia del amor. Desde temprana edad, le enseñó que el amor es un concepto banal, una distracción que no merece atención, y que su verdadera prioridad debía ser cumplir con las expectativas del reino. “Ser perfecta es tu deber. El amor es una ilusión que no tiene lugar en tu destino,” le repetía con firmeza, sus palabras grabándose en el corazón de Astra como cicatrices invisibles.


Esta presión constante de ser impecable la llevó a experimentar **episodios de dismorfia** desde joven, especialmente en momentos de alta tensión. En su niñez, Astra se encerraba en su habitación frente al espejo, buscando defectos que solo ella percibía, y luchando con una desconexión dolorosa entre la imagen que veía y lo que sentía. Estos colapsos se convirtieron en un tormento interno que acompañó su vida, haciéndola cuestionar si alguna vez sería suficiente, incluso para su propio padre.


Cuando Regulus concertó su matrimonio con **Leo**, un joven cadete del Ejército Estelar, Astra aceptó el compromiso no por amor, sino por el deber de fortalecer los lazos políticos y los ejércitos del planeta. Para Regulus, este matrimonio era solo una **alianza estratégica**, un paso hacia la expansión de la influencia de Venus en el cosmos. Astra, a pesar de su deseo latente de encontrar conexión emocional y comprensión, reprimió su esperanza de que el amor pudiera jugar un papel en su vida. “El amor no te dará el poder que necesitas para proteger tu planeta,” había dicho su padre, aplastando cualquier ilusión romántica que pudiera haber tenido.


La primera vez que Astra conoció a Leo fue en uno de los salones cristalinos del palacio. El joven cadete, de cabello oscuro y postura firme, la saludó con una sonrisa cálida pero respetuosa. Vestía el uniforme del Ejército Estelar, con inscripciones alienígenas brillando en su brazalete. Aunque su conversación inicial fue cortés y formal, algo en la sinceridad de Leo comenzó a despertar una curiosidad en Astra que no había sentido antes.


Más tarde, durante un paseo en los jardines del palacio, Leo le habló con empatía:  

—Astra, tú representas tanto para Venus, y yo para el Ejército Estelar. Pero nunca he entendido cómo ves el amor. ¿Qué esperas de este matrimonio?  

Astra, con una mirada tranquila pero llena de dudas, respondió:  

—Para nosotros, el amor siempre ha sido... funcional. Un pacto, una unión que asegura estabilidad y propósito. Mi padre dice que el amor es cumplir con un deber, con las expectativas del otro. Eso es todo lo que sé —su voz, aunque firme, contenía un matiz melancólico.  


Leo frunció el ceño con empatía, y tras unos segundos de silencio, replicó:  

—Entonces espero que podamos aprender juntos. El Ejército Estelar también habla de alianzas y deberes, pero he visto algo más. He visto amor como sacrificio, como lucha, y como algo que crece y te cambia. Tal vez este matrimonio puede ser más que un arreglo. Tal vez podemos encontrar algo verdadero, si nos damos esa oportunidad.  


Las palabras de Leo dejaron una marca en Astra. Aunque aún no comprendía el romanticismo, en ese momento surgió algo nuevo: una curiosidad y una esperanza que nunca antes había sentido. Sin embargo, el peso de las expectativas de su padre y su reino sigue siendo un desafío que Astra debe enfrentar mientras descubre la verdadera naturaleza de su poder como guardiana y busca reconciliar su legado con su deseo de autenticidad y amor.


Recomendación:

Joanna -venus

domingo, 6 de abril de 2025

La Guardiana de Neptuno



En las profundidades del universo, donde los vientos cósmicos rozan con delicadeza los anillos helados de Neptuno, vive **Celeste**, la joven guardiana del planeta azul. Desde su nacimiento, Celeste ha estado conectada a su planeta de una manera que va más allá de lo físico: los océanos de Neptuno laten al mismo ritmo que su corazón, y las nebulosas cercanas parecen bailar al compás de su espíritu. Con su piel blanca como la luz estelar y su cabello corto de un intenso color morado cereza, parece una flor única flotando en la vastedad del cosmos. Sus ojos, tras sus delicados anteojos, reflejan la sabiduría de las galaxias y la chispa de una curiosidad infinita.

Sin embargo, la vida de Celeste nunca ha sido del todo suya. Nacida en el seno de una familia real neptuniana, su existencia estaba destinada a seguir los rígidos caminos impuestos por su hermano mayor, **Altair**, quien asumirá el título de gobernante tras la muerte de su padre. En su reino, las tradiciones son inquebrantables y las mujeres son educadas para ser madres y esposas, no para ser libres. Celeste, con su espíritu indomable y sueños más grandes que cualquier estrella, no podía resignarse a este destino. Desafiando las expectativas de su familia y el mandato de su hermano, tomó una decisión audaz: escapar.

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La luz fría de los cristales neptunianos llenaba el gran salón del palacio. Sentado en su trono, el padre de Celeste hablaba con una voz que resonaba como las corrientes de los océanos del planeta.

—Altair, tu hermana ya está en edad de cumplir su deber. Hemos recibido propuestas de casas respetables para un matrimonio que fortalecerá nuestra posición en el universo. Es hora de que Celeste acepte su responsabilidad —dijo el rey con firmeza, su mirada fija en su hijo mayor.

Altair, de pie junto al trono, cruzó los brazos con autoridad y asintió. Su cabello oscuro era como la sombra de una estrella apagada, y sus ojos brillaban con determinación.

—Estoy de acuerdo, padre. Celeste ha sido criada para entender su papel. Esta unión no solo asegurará nuestra familia, sino también nuestra estabilidad en el cosmos. No podemos permitir que sus sueños infantiles comprometan nuestro linaje —respondió, con tono severo.

Celeste, escondida detrás de una columna de cristal, escuchaba cada palabra. Su corazón, al ritmo de las olas de Neptuno, se aceleraba. Apretó los puños y sintió el ardor de su espíritu rebelde, sabiendo que no podía permitir que su vida quedara atrapada en esas cadenas.

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En una noche de tormentas espaciales y bajo las sombras de las nebulosas, Celeste abordó una nave estelar junto con su hermana menor, **Lyra**, quien compartía su anhelo de libertad. Juntas dejaron atrás los palacios y los jardines cristalinos de Neptuno, abandonando una vida de títulos para buscar el propósito que realmente resonaba en sus corazones: convertirse en verdaderas guardianas. Su viaje las llevó a un lugar extraordinario y desconocido: la Tierra.

Al llegar a la Tierra, Celeste no dejó atrás quién era ni de dónde venía. Aunque guarda sus recuerdos de la vida en Neptuno, estos permanecen como un tesoro oculto, un hilo que la conecta con su pasado sin atarla a él. Su conexión con Neptuno aún vive en su esencia, pero en la Tierra, Celeste navega entre las complejidades del corazón humano. Ha sido testigo de actos de belleza y bondad que la dejan sin aliento, como el sacrificio de una madre o el amor inquebrantable de dos almas gemelas. Pero también ha conocido la oscuridad en ellos: guerras que devastan, engaños que rompen corazones y palabras que hieren más profundamente que cualquier tormenta espacial. Cada vez que alguien la lastima, Celeste, como las mareas que siempre regresan, se levanta de nuevo. Aprende, crece y se aferra a su voluntad de seguir adelante.

A su lado está **Sky**, un amigo humano cuyo nombre parece un guiño al cielo infinito. Sky es todo lo que Celeste valora en una amistad: fuerte, carismático y un alma brillante que enfrenta cada situación con una sonrisa y un comentario divertido. Juntos exploran el mundo, enfrentándose a desafíos tanto terrenales como cósmicos. Su lealtad mutua es como un pacto entre estrellas: inquebrantable y eterno.

Sin embargo, vivir lejos de Neptuno no es fácil. Su conexión con el planeta, aunque poderosa, se debilita con la distancia. Hay días en los que su salud parece tambalearse, cuando un agotamiento profundo la envuelve como una sombra de nebulosa. Pero incluso en esos momentos, Celeste encuentra fuerza en su determinación y en el amor que siente por todo lo que la rodea. No permite que la fragilidad temporal la detenga; su espíritu está alimentado por sueños que trascienden las estrellas.

Por las noches, mientras las ciudades humanas se sumergen en la quietud, Celeste canta. Sus canciones, inspiradas en las ondas de Neptuno y las constelaciones lejanas, son tanto un homenaje a su hogar como un susurro de esperanza hacia el universo. A veces, mientras canta, siente que las estrellas responden, como si el cosmos mismo entendiera su melancolía y la abrazara en su inmensidad.

Celeste es un faro de resiliencia y amor, una combinación de dureza y ternura que brilla como un planeta solitario pero vibrante en la noche cósmica. Aunque el universo sea vasto e impredecible, ella continúa soñando, explorando y buscando comprender el delicado equilibrio entre las estrellas y los corazones humanos. Porque sabe que, al final, su lugar no está limitado a un planeta; está donde sus sueños y su espíritu puedan iluminar hasta las sombras más oscuras del cosmos.


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Astros - Humbe

miércoles, 2 de abril de 2025

El soñador de la luna dorada


En la vasta oscuridad del universo, donde Saturno despliega sus anillos majestuosos, yace una luna de tonos dorados y naranjas llamada Titan. Ahí, entre mares de metano y cielos velados de bruma, vive un joven que lleva el mismo nombre que su hogar. Titan, el tercero de cuatro hermanos, es un heredero de responsabilidades que pesan como los propios anillos de Saturno, pero él observa su mundo sin prisa, esperando el momento adecuado para entenderlo en su totalidad.  


Titan es un poema hecho carne. Su piel blanca es como la superficie iluminada de su luna, salpicada por pequeños lunares que recorren su cuerpo como si fueran mapas celestiales. Su cabello alborotado y oscuro, siempre rebelde, encierra un espíritu libre que ni las leyes cósmicas pueden domar. Sus ojos, profundos y oscuros como los mares de Titan, están rodeados por pestañas copiosas, que parecen proteger secretos que el joven nunca se atreve a compartir del todo. Pero cuando alguien lo mira, no es su belleza física lo que realmente le preocupa; Titan anhela una conexión que se sumerja en lo que su alma refleja, en el universo que guarda dentro.  


Cada noche, Titan se sienta a escribir. Sus palabras son para sí mismo, pequeñas confesiones que su mente le dicta como si fueran estrellas fugaces que cruzan su pensamiento. En cada línea intenta romántizar lo que otros llaman Demonios. Para él, sus pensamientos fragmentados y susurros de estrellas, no son un mal sino constelaciones desordenadas que solo necesitan ser vistas con amor.  


A pesar de las miradas que atrae por su belleza casi etérea, Titan siempre mantiene una distancia emocional. Es juguetón, pero en su sonrisa hay un eco de melancolía. Tranquilo en apariencia, su forma de moverse despacio y observar el mundo a su alrededor esconde a un niño asustado que aprendió, demasiado pronto, a ser fuerte. En su corazón hay una batalla constante: la de un adulto que debe mostrarse como líder y protector, mientras el niño dentro de él solo desea escapar y perderse entre las estrellas.  


Su familia, los gobernantes de la luna Titan, espera grandes cosas de él, pero Titan no tiene prisa. Sus sueños y metas son un vasto océano que navega lentamente, permitiéndose el tiempo para sentir cada ola, cada curva del horizonte. Aunque la responsabilidad sobre sus hombros lo ata a su hogar, Titan sabe que, en su propio tiempo, encontrará el camino para ser más que un heredero.  


El joven espera. Observa. Ama el mundo que lo rodea con una quietud cósmica. Titan no busca a alguien que lo admire por la perfección de sus rasgos; quiere un alma que se siente junto a él en la noche, que entienda sus silencios y vea el universo que vive en sus ojos. Quiere a alguien que pueda mirar más allá de sus pestañas copiosas y entender que, detrás de su apariencia imponente, hay un niño que, aunque tiene miedo, nunca deja de soñar.  


En el vasto universo, Titan continúa escribiendo sus versos. Porque aunque el mundo le exija ser un gobernante, él siempre será un soñador. Un joven que encuentra poesía en cada estrella, y que espera que alguien, algún día, lo ame por la luz que lleva dentro, y no solo por la que refleja su luna dorada.


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