miércoles, 23 de abril de 2025

Un Encuentro Bajo las Estrellas


El sonido del agua corriendo en el grifo llenaba el pequeño baño de su apartamento. Celeste, con el cabello recogido en un desordenado moño, se miraba en el espejo mientras cepillaba sus dientes. Su reflejo mostraba una rutina aparentemente ordinaria, pero sus ojos contaban una historia distinta. Entre los movimientos mecánicos del cepillo, pequeños destellos de su pasado resurgían en su mente, como burbujas atrapadas en el océano.


Era apenas una niña, corriendo descalza por los resplandecientes pasillos de cristal del palacio de Neptuno. A su lado, siempre su hermana menor, Elena, con una risa que resonaba como campanas de agua. Juntas, solían jugar a perseguir la luz que se filtraba entre los muros líquidos del palacio, sintiendo que el universo entero les pertenecía.


—¡Te atrapé! —gritaba Elena, aferrándose a la mano de Celeste mientras ambas caían en un charco de risas.


Celeste cerró los ojos un momento, permitiendo que la nostalgia se apoderara de ella. El chorro del agua seguía corriendo. La imagen en su mente cambió, llevándola a un recuerdo más reciente: su padre sosteniendo una carta sellada con el símbolo del reino de Júpiter. La preocupación en su rostro era evidente.


—Celeste, esto no puede esperar. Una energía oscura se aproxima. Los guardianes deben reunirse lo antes posible y de ser así, tu compromiso se debe adelantar lo antes posible —le dijo en aquella ocasión, con una gravedad que nunca había escuchado antes en su voz.


Ella no había tenido tiempo de entender completamente lo que significaba ser una guardiana. Su entrenamiento apenas comenzaba. Todo lo que sabía era que el título llevaba consigo una responsabilidad abrumadora. Pero nunca logró cumplir ese destino. En su lugar, eligió algo que en su corazón supo que era más importante: escapar con Elena, protegerla de un futuro que parecía demasiado incierto.


El sonido de la ducha encendiéndose en el cuarto de al lado la trajo de vuelta al presente. Terminó de cepillarse los dientes, apagó el grifo y se miró nuevamente en el espejo. Ahora vivían en la Tierra, y su vida era... común. O al menos eso intentaba proyectar.


---


En la cocina, Elena, ahora una adolescente de 16 años, estaba sentada en la mesa, mordiendo un trozo de tostada mientras revisaba algo en su teléfono.


—Hoy tengo una presentación de ciencias —dijo Elena sin apartar la mirada de la pantalla—. Es sobre los planetas del sistema solar. Obviamente, no pude evitar pensar en... ya sabes.


Celeste sonrió con ternura mientras se servía un café. 


—Solo recuerda que aquí nadie puede saber de dónde venimos, Elena. Es importante.


—Lo sé, lo sé —respondió Elena, rodando los ojos con dramatismo pero con una sonrisa al final. Había algo en verla llevar una vida normal que calmaba los constantes temores de Celeste. Todo lo que quería era darle a Elena una infancia que se sintiera real, aunque estuviera lejos de serlo.


Celeste miró el reloj de la pared. Era casi hora de salir para su trabajo. Como contadora en una oficina local, su vida en la Tierra estaba lejos del glamour y la responsabilidad de Neptuno. Sin embargo, ese anonimato era lo que les permitía mantenerse a salvo.


Antes de salir por la puerta, Elena se detuvo un momento, mirando a Celeste con curiosidad.

—¿Crees que alguna vez volveremos? ¿A casa?

La pregunta era sencilla, pero su respuesta no lo era. Celeste sostuvo la taza de café entre sus manos, dejando que el calor se filtrara en sus palmas.

—No lo sé, Elena. Ahora mismo, esto es nuestro hogar, y mientras estemos juntas, eso es lo único que importa.

Elena sonrió, asintiendo suavemente. 

—Nos vemos después, Cel —dijo antes de tomar su mochila y salir.

Celeste se quedó sola en el apartamento por unos minutos, mirando por la ventana cómo los primeros rayos de sol iluminaban los tejados de la ciudad. No sabía qué le deparaba el futuro ni si la energía oscura que su padre había mencionado un día regresaría. Pero en ese momento, lo único que deseaba era una vida tranquila y próspera junto a Elena, una donde pudieran ser algo más que dos exiliadas del cosmos.

Suspiró, dejando la taza en el fregadero, y se preparó para enfrentar otro día en la Tierra.

 - - - 

El metro de la ciudad era un mundo en sí mismo, con sus luces intermitentes, el crujir de los vagones y la mezcla de conversaciones que creaban un murmullo constante. Celeste, sentada junto a la ventana, observaba cómo la ciudad pasaba rápido a través de los vidrios empañados. Tenía su bolso en el regazo y un café medio terminado en la mano, preparándose mentalmente para otro día en las oficinas. Pero su rutina se interrumpió cuando su teléfono vibró.  


Celeste desbloqueó la pantalla, encontrando un mensaje de texto de Sky 


*"Cel, este sábado será mágico. Va a pasar un cometa y habrá una fiesta en el centro para verlo. ¿Qué tal si vamos los tres? Tú, Elena y yo."*


Una sonrisa ligera apareció en su rostro. Sky había sido el primer amigo que hizo al llegar a la Tierra. Aquella noche en que no tenía nada más que ofrecerle a su hermana menor, Elena, que la calidez de un abrazo y las palabras de consuelo, fue él quien la encontró. Venía de la escuela, con su mochila al hombro y una barra de pan bajo el brazo.  


—¿Están bien? —les había preguntado entonces, mirándolas con preocupación y una amabilidad que Celeste no había visto en los ojos de nadie más desde que llegó a este planeta.  


Desde ese momento, Sky se convirtió en su salvador. Les llevaba comida cada día que pasaba por el callejón donde solían dormir, hasta que finalmente les ofreció algo más. Su padre, dueño de una pequeña empresa local, le dio un trabajo a Celeste como contadora y ayudó a inscribir a Elena en una escuela. Era un comienzo. Desde entonces, Sky y Celeste se habían convertido en mejores amigos, su apoyo mutuo creciendo como una luz constante en medio de la incertidumbre.


Celeste contestó el mensaje:  

*"No sé, Sky... Pero Elena seguro dirá que sí. Aunque promete que no será muy tarde debo estudiar para el examen de admisión para la universidad. Por cierto gracias por siempre pensar en nosotras."*  


Mientras escribía, su corazón comenzó a latir más rápido, pero no por la emoción de la fiesta. Era esa sensación familiar de peligro. Taquicardia, piel fría... Algo no estaba bien.  


No era la primera vez que Celeste sentía esto. Una inquietud que parecía surgir de la nada, como si un fragmento olvidado de Neptuno le advirtiera que algo estaba mal. Miró alrededor, tratando de calmarse. A pesar de las caras familiares de los pasajeros, algo se sentía fuera de lugar.  


Al llegar a la próxima estación, Celeste tomó su bolso y se levantó. Decidió salir del vagón, no quería quedarse atrapada en un espacio cerrado si la sensación empeoraba. Bajó con pasos firmes pero cautelosos, observando a las personas que pasaban a su alrededor, sus rostros normales, sus movimientos rutinarios. Y entonces, lo vio.  


Un hombre alto, de cabello gris oscuro y hombros rectos, se encontraba parado cerca de una columna, mirando a todos los que caminaban cerca de él con una expresión impasible. Pero lo que realmente llamó la atención de Celeste fue algo que no podía explicarse: una aura distinta, una presencia que parecía desconectada de todo. El hombre no tenía el flujo energético típico de un humano. Su manera de respirar era irregular, su postura demasiado rígida. Había algo innegablemente alienígena en él.  


Celeste se detuvo, sin apartar la mirada. No sabía si él también la había notado, pero no podía arriesgarse. El hecho de que ahora estuviera tan convencida de que seres de otros planetas vivían entre los humanos la hacía sentir vulnerable. Ya no estaba en las calles como una exiliada desconocida; su vida estaba establecida en un nivel de normalidad que necesitaba proteger, sobre todo por Elena.


Con cuidado, Celeste se dio la vuelta, caminando hacia la salida. Necesitaba mantener su distancia y, sobre todo, no llamar la atención. En ese instante, su teléfono vibró nuevamente.  


*"No te preocupes, Cel. Será una noche tranquila. Lo prometo."* —había escrito Sky.  


Celeste respiró hondo, dejando que las palabras de su amigo la tranquilizaran ligeramente. Pero en el fondo, sabía que no podía ignorar esa sensación. Su conexión con Neptuno, aunque debilitada, parecía advertirle algo. Si seres de otros planetas ya estaban aquí, ¿qué significaba eso para su futuro y el de su hermana?


---mientras tanto en saturno ---

La joven Saturno se preparaba para su viaje. Desde su planeta, había estado practicando un truco que había descubierto por accidente. Con un impulso de su energía, una vibración poderosa que parecía provenir de las mismas estrellas, Saturno había aprendido a lanzarse hacia objetos en el espacio que orbitaban cerca. El satélite que había estado estudiando durante semanas era el punto clave de su experimento.


Concentrándose, Saturno reunió toda su energía, dejando que su cuerpo se envolviera en un brillo suave. Sus pies apenas tocaban el suelo cuando la fuerza la impulsó hacia el satélite con precisión. Las semanas de práctica habían dado frutos, y ahora el satélite la acercaba a su destino, el planeta Tierra. 


Cuando descendió, por el cielo sobre el centro de la ciudad, las estrellas iluminaba el horizonte, las luces y sonidos de la fiesta del cometa la atrajeron como un faro. Saturno caminó entre la multitud, observando con fascinación cada detalle. La alegría de la gente, los puestos de comida, los collares y recuerdos brillantes... Todo era un mundo nuevo para ella.


Una mujer mayor, al verla caminar con su apariencia desalineado, detuvo su actividad en uno de los puestos y la llamó.


—Ven, niña —dijo, con una sonrisa amable—. Debes estar cansada. Toma, prueba esto. —Le ofreció una manzana acaramelada, cuyo aroma dulce era irresistible.


Saturno aceptó el regalo con gratitud, casi sin palabras. Por un momento, sintió algo que nunca había experimentado: la calidez de un gesto desinteresado. Sostuvo la manzana entre sus manos mientras seguía caminando por el parque cercano, dejándose llevar por las luces, las voces y la atmósfera única de la noche


---


El sábado llegó con el aire fresco de primavera tocando las ventanas del departamento de Celeste y Elena. Sky estaba parado en la puerta, sosteniendo una bolsa de papas fritas y dos botellas de agua.


—¡¿Están listas para ver el cometa más épico del siglo?! —preguntó con entusiasmo, entrando sin esperar respuesta.


Elena, sentada en el sofá mientras arreglaba sus zapatos, rió.


—La verdad, la escuela me parece lo más aburrido del universo —dijo, atando los cordones—. Aunque claro, soy la mejor de la clase cuando se trata de estudiar el universo. Eso no es aburrido, es puro talento.


—Modesta como siempre —respondió Sky, entregándole una de las botellas. Celeste apareció desde el pasillo, poniéndose una chaqueta ligera.


—Solo recuerden que volvemos temprano. Elena tiene que estudiar para una exposición y yo tengo el examen de ingreso a la universidad —dijo, señalándolos con la mirada firme de una hermana mayor.


—¡Sí, señora contadora y futura universitaria! —bromeó Sky, haciendo una pequeña reverencia mientras Elena reía.


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La fiesta en el centro de la ciudad era vibrante. Puestos decorados con luces brillantes imitaban los destellos del cometa que pronto cruzaría el cielo. Familias, amigos y parejas se movían entre los vendedores de comida callejera, probando todo tipo de antojitos, desde churros calientes hasta manzanas acarameladas. Las tiendas exhibían adornos del cometa, desde pequeños colgantes hasta grandes figuras hechas de cartón brillante.


Sky se detuvo frente a un vendedor de collares.


—¿Y si compramos algo para recordar esta noche? —preguntó, tomando un collar en forma de estrella.


—Es bonito —respondió Celeste, mientras Elena señalaba emocionada un cartel de una oferta de comida. —¿Churros al 2x1? Esto es prioridad —dijo Elena, jalando a Sky hacia el puesto.


Mientras sus amigos disfrutaban de la comida y las luces, Celeste comenzó a sentir algo. Una energía distinta, no como la del metro días atrás. Esta sensación era diferente: no amenazante, pero familiar en un sentido extraño. Sus ojos comenzaron a recorrer la multitud, buscando el origen de esa vibración.


Entonces la vio,  una joven de piel blanca y cabello largo y negro caminaba entre la gente. Parecía distraída, emocionada pero perdida, como si estuviera viendo todo por primera vez. Vestía un camisón que parecía una pijama y no llevaba zapatos. Celeste frunció el ceño, intrigada.


—Creo que acabo de ver a un compañero del trabajo —le dijo a Sky rápidamente, y antes de que pudiera contestar, Celeste se alejó entre la multitud siguiendo a la joven.


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La siguió hasta un pequeño parque al lado de la plaza, donde el bullicio de la fiesta comenzaba a desvanecerse. La joven estaba sentada en una banca, comiendo una manzana acaramelada. Celeste se acercó con pasos cuidadosos, aún sintiendo esa energía poderosa alrededor de ella.


—Hola —dijo Celeste, tratando de que su voz sonara tranquila.


Saturno levantó la mirada, su expresión mostrando una mezcla de curiosidad y recelo.


—¿Quién eres? —preguntó con un tono cauteloso.


—Soy Celeste —respondió ella—. Te vi y me pareciste algo perdida. ¿Estás bien?  


Saturno dudó. Sus ojos bajaron hacia la manzana en sus manos, como buscando una respuesta. Finalmente, habló.


—Supongo que sí. Solo quería ver las luces... Son bonitas —dijo, tímidamente.


Celeste se sentó junto a ella, dejando un espacio respetuoso.  


—Las luces son hermosas —respondió Celeste, sonriendo—. Este cometa es único. Deberías quedarte a verlo. Es algo especial.


Saturno la miró, pero no respondió de inmediato. En cambio, mordió su manzana con cuidado, como si estuviera probando más que el dulce.


—Yo no debería estar aquí —confesó Saturno tras un momento de silencio. Su voz tembló ligeramente—. Me escapé.


—Todos necesitamos un respiro a veces —dijo Celeste con suavidad—. Pero no debes sentir miedo. Estás entre personas amigables.


Saturno dudó, pero había algo en Celeste que la hacía sentir segura.  


—Saturno. Así me llamo —dijo finalmente.


—Es un nombre hermoso. —Celeste le ofreció una sonrisa cálida—. ¿Vives cerca?


Saturno negó con la cabeza, su mirada bajando hacia sus pies descalzos.


—No. No vivo aquí. En mi plane... —Se detuvo abruptamente, corrigiéndose rápidamente—. Bueno, de donde vengo, no hacemos estas cosas. Pero vi las luces y quise ver qué era.


La mención de otro planeta hizo que el corazón de Celeste se acelerara. Esa energía familiar ya no era un misterio. Saturno era como ella. Pero en lugar de revelarle esto, decidió mantenerlo en secreto por el momento.


Celeste observó el brillo en sus ojos. Era más que simple curiosidad. Era una añoranza, un deseo de pertenecer.


—Bueno, ¿quieres venir conmigo? Mi hermana y mi amigo están aquí. Sería bonito pasar esta noche juntos. Y te prometo que las manzanas no son lo único delicioso —dijo Celeste con un guiño.


Saturno sonrió, pero su expresión rápidamente se ensombreció.


—No puedo quedarme mucho. No tengo permiso de salir tanto. Debo regresar. Pero las luces... Quería verlas.


Celeste comprendió, sintiendo su propia historia reflejada en la de Saturno. Sacó su tarjeta de presentación del bolso y se la entregó.


—Cuando regreses, búscame. Aquí tienes una nueva amiga. Si alguna vez necesitas ayuda, estaré aquí.


Saturno tomó la tarjeta, mirándola como si fuera un tesoro.


—Gracias —dijo, con un tono que era casi un susurro.


En ese momento, Elena y Sky aparecieron detrás de Celeste, llamándola.


—¡Celeste! ¡Te perdiste los elotes! —gritó Elena con la voz alegre.


Celeste se giró hacia ellos, sonriendo.


—Les voy a presentar a alguien —dijo, pero cuando volvió a mirar la banca, Saturno ya no estaba.


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Mientras caminaba de vuelta hacia el satélite que la llevaría de regreso, Saturno sostuvo la tarjeta de Celeste entre sus manos. Caminaba rápidamente por las calles solitarias, pensando en la amabilidad de Celeste. En su planeta, Zazel, siempre le había advertido que no dejara que otros supieran de dónde venía. Que siempre se ocultara, que no confiara en otros seres. Pero esta vez, se preguntaba si Zazel realmente entendía lo cálido que podía ser un gesto amable como el de Celeste. Saturno regresó a su mundo, pero su mente estaba llena de pensamientos, tal vez la calidez de las luces de la Tierra, y de la sonrisa de Celeste, era un mensaje que no debía ignorar


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