El demonio más oscuro de Saturno
Hace eones, mucho antes de que el tiempo marcara el destino de los mortales, los dioses del Olimpo se reunieron para contemplar un problema eterno: ¿qué hacer con las almas errantes que inundaban los rincones del cosmos, incapaces de encontrar descanso? Zeus, soberano de los cielos, vio la necesidad de crear un guardián que mantuviera el equilibrio, alguien que pudiera recolectar las almas y guiarlas hacia su destino final. Así, con la ayuda de Hades, quien gobernaba las sombras del inframundo, y Cronos, el titán del tiempo, nació Zazel.
Zazel surgió de una mezcla de luz y oscuridad eterna, una figura alta y majestuosa envuelta en una túnica negra que absorbía la luz de las estrellas más brillantes. Su voz, grave y calmada, resonaba como un eco en los anillos de Saturno, el planeta que se convertiría en su dominio. Solo su mano izquierda, pálida y firme, quedaba al descubierto, empuñando una guadaña de obsidiana, un símbolo de su rol como recolector de almas.
El propósito de Zazel era doble: guiar a las almas al descanso eterno en el "Mar de Almas", un vasto océano místico que se extendía en la órbita de Saturno, o condenarlas a vagar sin rumbo si eran incapaces de abandonar su apego a lo mundano. Saturno, con sus anillos dorados y su imponente presencia, se convirtió en el eje central de su labor, un lugar sagrado para la transición de las almas.
Aunque su tarea era sombría, Zazel no era cruel. Su calma reflejaba una empatía que los mortales nunca podrían comprender. Cada alma con la que trataba se enfrentaba a su juicio, pero también encontraba en él una guía paciente y equilibrada. En sus milenios de servicio, ha sido testigo de infinitas historias humanas: héroes, traidores, amantes y soñadores, todos se han enfrentado a su mirada velada.
Un día, mientras Zazel contemplaba el paisaje etéreo de Saturno, un sonido inaudito en su tranquilo dominio captó su atención. Era un llanto agudo, desgarrador, que venía de algún rincón distante del planeta. Intrigado, comenzó a caminar, cada paso creando ondas suaves en el polvo de estrellas. El llanto lo llevó a una escena inesperada: una pequeña niña, con cabello negro como el abismo mismo y piel tan pálida como la nieve, estaba acurrucada en el suelo. Vestía un camisón de pijama sucio, y en sus brazos y rodillas se veían rastros de polvo y rasguños. Sus mejillas, rojas por el llanto, reflejaban una profunda desesperación.
Conmovido, Zazel se acercó con cautela, sus movimientos medidos por la incertidumbre. Jamás había interactuado con un ser así. La niña, al sentir su presencia, levantó la vista. Él pensó que se asustaría ante su imponente figura, pero para su sorpresa, la niña corrió hacia él y lo abrazó. El impacto del gesto, lleno de una calidez que nunca había sentido, lo dejó inmóvil. Las lágrimas de la niña empaparon la tela de su túnica, y Zazel se quedó contemplando cómo podría consolarla.
Recordó entonces una escena observada en sus viajes a la Tierra. Había visto a niños reír y jugar detrás de mariposas que, con sus alas iridiscentes, parecían capturar la esencia misma de la alegría. Inspirado, extendió su mano, y del polvo de estrellas que rodeaba Saturno formó una mariposa azul. La mariposa no era azul por casualidad; Zazel, como manifestación de la muerte, sabía que el azul evocaba calma, como el cielo en paz o los océanos serenos.
La mariposa revoloteó y se posó suavemente en la nariz de la niña, deteniendo su llanto por un momento. La pequeña la miró, fascinada, y aunque las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, un leve atisbo de calma comenzó a florecer en su expresión. La mariposa alzó el vuelo, danzando sobre la cabeza de la niña, quien la siguió con la mirada mientras Zazel, en su tono sereno, rompió el silencio
—¿Cuál es tu nombre, niña?
Ella lo miró, todavía con lágrimas en los ojos, y negó con la cabeza.
—¿De dónde vienes? ¿Cómo llegaste aquí? —volvió a preguntar, pero la respuesta fue la misma.
Zazel se quedó pensativo. Había un misterio que resolver: el origen de esta niña, su presencia en Saturno, las marcas en su piel. Pero una cosa era clara: debía cuidarla. Así comenzó una relación inesperada y única.
En los años siguientes, Zazel enseñó a la niña a sobrevivir en Saturno. Le mostró cómo cultivar plantas luminosas, que proporcionaban calor y alimento. Le construyó una cama a partir de un meteorito, tallándola con precisión para que fuera cómoda. A pesar de sus ocupaciones como recolector de almas, siempre encontraba tiempo para estar con ella.
Cuando la niña creció lo suficiente como para valerse por sí misma, Zazel emprendió un viaje por el cosmos en busca de respuestas sobre su origen. Sin embargo, no la dejó completamente sola. Al estar conectado intrínsecamente con Saturno, podía transmitir su voz a través de las partículas del planeta, permitiendo que la niña escuchara sus palabras como un eco cálido en el viento. Aunque no estaba físicamente allí, su presencia seguía siendo reconfortante, como una sombra protectora que jamás se desvanecía.
Se dice que las tormentas en Saturno son sus suspiros, el rugido de los vientos sus advertencias, y las luces que brillan en el Mar de Almas son su invitación al descanso. Para los dioses del Olimpo, Zazel se había convertido en un símbolo de la inevitabilidad y la transición, una manifestación universal de la muerte que mantiene el equilibrio cósmico, pero la pequeña niña había despertado en él una chispa de vida y propósito más allá de su rol divino.
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