Margaret es una joven de cabello largo, liso y rojo intenso, con reflejos como llamas cuando la luz lo toca, sus ojos azules ardían como llamas de fuego celestial, iluminando el alma con un resplandor etéreo y misterioso y su piel blanca y suave, con un tono ligeramente pálido debido a la falta de exposición al sol. Ella enfrenta desafíos que no solo son propios de un ser humano, sino que también reflejan la lucha de un alma marcada por el cosmos. Como hija única, se ha convertido en la principal cuidadora de su madre enferma, esforzándose por equilibrar sus estudios y un trabajo secreto. La constante necesidad de proteger a su madre la ha llevado a ocultar los aspectos más duros de su vida, incluyendo los problemas que enfrenta en la escuela, donde es frecuentemente acosada por sus compañeros.
El despertador sonó a las 5:30 de la mañana, pero Margaret ya estaba despierta. Apenas había dormido tres horas, pero el peso de sus responsabilidades no le permitía quedarse en la cama. Se levantó con cuidado para no hacer ruido y caminó hacia la cocina. Ahí, sobre la mesa, estaba la lista de medicamentos de su madre.
-Margaret… ¿ya estás despierta?- La voz de su madre, apenas audible, llegó desde el pequeño sofá que hacía veces de su cama.
-Sí, mamá. Solo estoy preparando tus pastillas. Vuelve a dormir, todavía es temprano- respondió Margaret, con una sonrisa suave mientras llenaba un vaso con agua.
-Te ves cansada, hija. ¿Dormiste algo anoche?- preguntó su madre con un hilo de preocupación.
-Dormí lo suficiente - mintió Margaret, entregándole las pastillas y el agua. -Termina de tomar esto mientras me alisto para la escuela.
Después de asegurarse de que su madre tomara sus medicamentos, Margaret se vistió rápidamente y salió de casa. Las clases comenzaban a las 7:00, y el trayecto hasta la escuela era largo. Durante las lecciones, luchaba contra el sueño, pero nunca permitía que eso afectara su rendimiento. Los profesores la conocían como una estudiante aplicada, aunque notaban su agotamiento. Sin embargo, nunca se quejaba.
El reloj marcaba las 3:15 cuando sonó la campana de la última clase. Margaret rápidamente guardó sus libros en su mochila, el sonido de las risas del pasillo eran para Margaret como cuchillos. Caminaba con la cabeza baja, sosteniendo algunos libros contra el pecho, intentando pasar desapercibida. Sabía que no podía evitarlo por mucho tiempo; siempre encontraban una forma de hacerla sentir pequeña.
- ¡Eh, pelirroja! - La voz de Sofía, la líder del grupo, resonó detrás de ella. Margaret apretó los labios y siguió caminando, pero los pasos apresurados de Sofía y sus amigas la alcanzaron.
- ¿No saludas? Qué grosera - dijo Sofía, fingiendo indignación mientras se cruzaba en su camino. Su cabello rubio perfectamente peinado y su uniforme impecable contrastaban con la sencillez de Margaret.
- No tengo tiempo, Sofía - respondió Margaret con voz tranquila, intentando esquivarla.
- ¿Tiempo? ¿Para qué? ¿Para cuidar a tu mamá enferma? Qué triste. - dijo Sofía con una sonrisa cruel, provocando risas entre sus amigas.
Margaret sintió el calor subir a su rostro, pero no respondió. Sabía que cualquier palabra solo empeoraría las cosas. Intentó avanzar, pero Sofía extendió un pie, haciéndola tropezar. Margaret logró recuperar el equilibrio, pero las risas se intensificaron.
- ¿Sabes qué? Creo que necesitas aprender a respetar - dijo Sofía, y antes de que Margaret pudiera reaccionar, sintió un empujón fuerte en su espalda. El mundo se volvió borroso mientras caía por las escaleras, los libros volando de sus manos.
El impacto fue duro, pero Margaret se levantó lentamente, ignorando el dolor en su brazo y pierna. Las lágrimas amenazaban con salir, pero se las tragó. No les daría el gusto de verla llorar.
- Ups, qué torpe eres - dijo Sofía desde arriba, fingiendo inocencia. - Espero que estés bien.
Margaret recogió sus libros sin decir una palabra y se alejó cojeando. Sabía que no podía hacer nada; Sofía era la sobrina del subdirector, y cualquier intento de denunciarla sería inútil. Ya lo había intentado antes, y solo había empeorado las cosas.
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Sus pasos eran rápidos y mecánicos, guiados por la urgencia de llegar a su trabajo. La cafetería en la esquina de la calle principal era su lugar de refugio, aunque también el escenario de largas horas de esfuerzo físico y un cansancio perpetuo.
Al llegar, se colocó el delantal y ajustó su coleta alta. El lugar estaba relativamente tranquilo, con algunos clientes leyendo o trabajando en sus computadoras. Margaret tomó una bandeja y comenzó a recoger las tazas vacías de las mesas. Aunque su cuerpo dolía por la caída en la escuela, se obligaba a seguir.
- Margaret, hay una nueva clienta en la barra, - dijo Clara, su compañera, señalando hacia el mostrador. Margaret asintió y se dirigió al lugar indicado.
Sentada en una esquina estaba una joven universitaria. Su cabello era color vino y caía en ondas sobre sus hombros, y unos lentes rectangulares enmarcaban sus ojos atentos. Parecía absorta en su laptop, pero cuando Margaret se acercó, levantó la mirada con una sonrisa amable.
- Un café con leche y un muffin de arándanos, por favor, - pidió con voz serena.
Margaret preparó el café con precisión, colocando el muffin junto a la taza. Mientras lo hacía, sintió la mirada de la joven fija en su rostro. Cuando entregó el pedido, la clienta ladeó ligeramente la cabeza, como si estuviera analizando algo.
- ¿Te golpeaste? - preguntó de pronto, señalando el moretón en el pómulo de Margaret.
La pregunta cayó como una piedra en el estómago de Margaret. Instintivamente llevó una mano a su rostro, tocando el área sensible. - No, solo me caí en las escaleras, - respondió con rapidez, evitando el contacto visual.
Celeste, la clienta, observó a Margaret por un momento más. Era evidente que no creía la respuesta, pero no insistió. En lugar de ello, tomó el café y dio un sorbo, antes de añadir: - A veces, las caídas son inevitables, pero lo importante es cómo te levantas después de ellas.
Margaret se quedó en silencio, sintiendo que esas palabras tenían más peso del que parecían. Por alguna razón, el tono de Celeste era reconfortante, casi como si entendiera más de lo que dejaba ver.
Antes de retirarse, Celeste dejó un billete bajo la taza, mucho más de lo que costaba el café y el muffin. - Cuídate, ¿sí? - dijo con una sonrisa genuina antes de salir de la cafetería.
Margaret tomó el billete y lo guardó en la caja, pero no pudo evitar quedarse pensando en lo que Celeste había dicho. No era la primera vez que alguien le daba consejos, pero había algo diferente en esa joven universitaria, algo que dejaba una sensación de calma, como si por un momento, el peso de su mundo hubiera sido un poco más ligero.
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El turno de Margaret terminó a las 9:00 p.m., y mientras se quitaba el delantal, Clara le entregó su paga en efectivo. Fue un pequeño alivio sentir los billetes en sus manos; aunque ya estaban destinados a cubrir necesidades, hoy tenía un propósito especial para ellos.
Antes de dirigirse a casa, pasó por la pastelería de la esquina. Observó la vitrina repleta de dulces y pasteles, eligiendo dos pequeños pastelitos decorados con crema y una cereza. Mientras esperaba su turno para pagar, su mirada se desvió hacia una tienda cercana. En el escaparate, unas pantuflas acolchadas de color lila parecían llamarla. Recordó las viejas pantuflas de su madre, gastadas y con la suela casi despegada, y sin pensarlo dos veces, entró a la tienda.
Una vez dentro, el aroma a tela nueva le hizo detenerse. Miró las pantuflas, luego bajó la vista a sus propios tenis, desgastados y con los cordones deshilachados. Suspiró. - “Tal vez la próxima” - murmuró para sí misma, tomando las pantuflas y dirigiéndose a la caja. Había algo más importante hoy.
Cuando llegó a casa, el olor a medicamentos y el silencio habitual la recibieron. Su madre estaba recostada en el sofá, medio dormida, pero Margaret la despertó suavemente con un toque en el hombro.
- Feliz cumpleaños, mamá,- dijo con una sonrisa que iluminaba el pequeño apartamento. Sosteniendo la bandeja con los pastelitos y dos tazas de chocolate caliente, colocó la bandeja frente a su madre.
- Oh, Margaret… no tenías que hacer nada,- respondió su madre con los ojos brillantes, aunque el cansancio seguía presente en su rostro. Su mirada se detuvo en el rostro de Margaret, específicamente en el moretón de su pómulo. - ¿Qué te pasó? Eso se ve mal.
- Fue un accidente en el trabajo,- dijo Margaret rápidamente, restándole importancia. - No es nada, mamá, solo soy torpe a veces.
Antes de que su madre pudiera insistir, Margaret sacó una pequeña bolsa de papel y se la entregó. - Es para ti,- dijo tímidamente.
Su madre abrió la bolsa con cuidado, revelando las pantuflas lilas. Sus manos temblaron al sacarlas, y una sonrisa cálida apareció en su rostro. - Son hermosas, Margaret. Pero no debiste gastar tu dinero en mí.
- Claro que sí, mamá,- dijo Margaret, acomodándose junto a ella. - Las necesitas más que yo. Además, verte feliz es lo único que importa.
Margaret encendía una vela improvisada en uno de los pastelitos. Cantó las mañanitas con una voz baja pero alegre, y su madre, conmovida, cerró los ojos un momento mientras escuchaba.
La luz de la vela danzaba suavemente sobre los rostros de Margaret y su madre, llenando el pequeño apartamento de un calor que no provenía solo del chocolate caliente. Después de compartir los pastelitos y las sonrisas, la madre de Margaret miró las pantuflas lilas con un toque de tristeza en los ojos
- Gracias, hija,- susurró su madre, tomando la mano de Margaret. - Se que haces más de lo que deberías por mí, siento tanto que tengas que hacer todo esto - dijo en voz baja, bajando la mirada hacia sus manos.
- Yo debería ser la que te cuida, no al revés. Deberías estar saliendo con amigos, disfrutando tu edad, comprándote cosas para ti misma, no... no sacrificándote por mí.
Margaret dejó la taza que sostenía y se acercó, tomando las manos de su madre entre las suyas. - Mamá, no hay nada que disculpar, - dijo con suavidad, pero con una firmeza que resonó en el silencio del apartamento.
- Pero mira lo que te hice pasar…- añadio su madre, las lágrimas amenazando con brotar. - Recuerdo cuando perdimos la casa por el incendio. Tú llorabas sola, buscando a tu padre, llamándolo desesperada… Yo no sabía cómo consolarte. Fueron años tan duros, y yo… apenas podía mantenerme de pie mientras trabajaba doble turno solo para que tuvieras algo para comer. No fue justo para ti.
Margaret la interrumpió, moviendo su cabeza lentamente en señal de desacuerdo. - Mamá, no fue fácil, pero si hay algo que aprendí en esos días es que tú nunca te rendiste. Aunque estuvieras agotada, siempre estabas ahí. Me enseñaste a seguir adelante, incluso cuando parecía que todo se había perdido.
Sus ojos brillaban con una calidez que su madre no había visto en mucho tiempo. - Y ahora, yo quiero hacer lo mismo por ti. Esto—trabajar, estudiar, cuidarte—no es un sacrificio. Es mi forma de devolverte todo lo que tú hiciste por mí. Estoy feliz de poder cuidarte, mamá.
Las palabras de Margaret parecieron envolver a su madre como un abrazo invisible. Incapaz de contenerse, dejó que una lágrima rodara por su mejilla, esta vez no por tristeza, sino por gratitud. Margaret la secó con cuidado antes de añadir con una sonrisa tranquila
- Pero para que yo pueda seguir haciendo esto, necesito que cuides de tu salud. Porque algún día, quiero que vayamos juntas a la playa de vacaciones. Quiero verte disfrutando del mar. ¿Me lo prometes?
Su madre asintió, sonriendo a través de las lágrimas. - Te lo prometo, hija.
Margaret la abrazó suavemente, sintiendo que, aunque la vida aún era difícil, este momento era un pequeño triunfo en medio de la adversidad.
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